Maestro y Sociedad e-ISSN 1815-4867
Volumen 23 Número 3 Año 2026
Artículo original
Pertenencias provisionales: des/relocalización en la poesía de la Generación Cero cubana
Provisional Belongings: Dis/Relocalization in Cuban Generation Zero Poetry
Pertencimentos provisórios: des/relocalização na poesia da Geração Zero cubana
Dr. C. Yansy Sánchez Fernández, https://orcid.org/0000-0001-9477-9649
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile
*Autor para correspondencia. email yansy.sanchez.f@mail.pucv.cl
Para citar este artículo: Sánchez Fernández, Y. (2026). Pertenencias provisionales: des/relocalización en la poesía de la Generación Cero cubana. Maestro y Sociedad, 23(3), 3105-3116. https://maestroysociedad.uo.edu.cu
RESUMEN
Introducción: Se examina la pertenencia inestable en la poesía de la Generación Cero cubana. Materiales y métodos: Se compararon nueve poemarios (2013–2025) mediante lectura cercana. Resultados: Se identificaron extrañamiento, tránsito, origen y herencia. Discusión: Des/relocalización e insilio mostraron mayor rendimiento que migranxilio. Conclusiones: La pertenencia persiste en apoyos parciales, sin restituir una totalidad previa.
Palabras clave: Generación Cero; poesía cubana; des/relocalización; pertenencia; diáspora.
Abstract
Introduction: The article examines unstable belonging in Cuban Generation Zero poetry. Materials and methods: Close reading compared nine poetry books (2013–2025). Results: Estrangement, transit, origin, and inheritance were identified. Discussion: Dis/relocation and internal exile proved more productive than migranxilio. Conclusions: Belonging persists through partial supports without restoring a prior totality.
Keywords: Generation Zero; Cuban poetry; dis/relocation; belonging; diaspora.
Resumo
Introdução: Examina-se o pertencimento instável na poesia da Geração Zero cubana. Materiais e métodos: Compararam-se nove livros (2013–2025) por leitura próxima. Resultados: Identificaram-se estranhamento, trânsito, origem e herança. Discussão: Des/relocalização e insílio mostraram maior rendimento que migranxílio. Conclusões: O pertencimento persiste mediante apoios parciais, sem restituir uma totalidade anterior.
Palavras-chave: Geração Zero; poesia cubana; des/relocalização; pertencimento; diáspora.
Recibido: 5/4/2026 Aprobado: 16/6/2026
Introducción
Generación Cero nombra aquí una coincidencia histórica antes que una estética reconocible. Sus autores se socializaron bajo los efectos del Período Especial, comenzaron a ganar visibilidad en el campo literario desde los años dos mil y compartieron transformaciones en las condiciones de publicación y circulación. Esas proximidades no borraron la diversidad de sus escrituras: dicciones coloquiales o barrocas, montajes de cultura global, registros bíblicos, escenas domésticas, lenguas mezcladas, ciudades exteriores y experiencias de encierro dentro de Cuba conviven sin organizarse en un programa común. La pertenencia generacional, por eso, no puede deducirse de una forma única.
El desplazamiento vuelve especialmente visible esa falta de uniformidad. Parte de los poetas ha migrado o circula entre varios países; otros permanecen en la Isla y escriben desde una relación de extrañamiento con el territorio propio. La residencia importa para reconstruir una trayectoria, pero no decide por anticipado lo que hace el poema. Una vida migrante puede ocupar un lugar secundario en la escritura, del mismo modo que una voz situada en Cuba puede experimentar la ciudad, la memoria o el propio yo como espacios ajenos. El problema comienza cuando origen, acogida, frontera o lengua dejan de ofrecer coordenadas suficientes para reconocerse.
La crítica ha descrito esta producción mediante nociones como dispersión formal, posnostalgia, desmemoria, hibridez, glocalidad o crisis de las coordenadas nacionales. Ese vocabulario permite situar una literatura que desborda repertorios anteriores, pero no siempre alcanza a mostrar qué ocurre dentro de un poema cuando un topónimo cambia de función, una elipsis corta una filiación, dos lenguas comparten la página o un objeto transporta memoria. De esa diferencia de escala surge la pregunta del artículo: qué operaciones poéticas convierten el desplazamiento, la circulación transnacional y la extranjería interior en formas inestables de pertenencia dentro de la Generación Cero cubana.
Antes de decidir si un poema pertenece a una experiencia diaspórica, migrante o de insilio, conviene precisar qué se entiende aquí por pertenecer. Castoriadis impide tratar patria, ciudad, lengua o comunidad como soportes anteriores a la vida social. Los individuos socializados encarnan, efectiva o potencialmente, las instituciones y significaciones de la sociedad de la que forman parte (Castoriadis, 1997, p. 3). Esa sociedad los produce en un marco histórico concreto, del mismo modo que Atenas produce atenienses y no sujetos abstractos (Castoriadis, 1997, p. 4). La pertenencia no se reduce, entonces, a estar en un territorio ni a conservar una procedencia. Depende de significaciones que vuelven reconocibles determinados lugares, vínculos y formas de vida, y que también pueden perder eficacia, entrar en conflicto o ser rehechas.
Desde esa premisa, “imaginarios de pertenencia” nombra en este artículo la elaboración textual de las relaciones con el origen, la acogida, la comunidad y la propia voz. No constituye una categoría que pueda reconocerse por tema. Se vuelve legible cuando un poema altera la función de un topónimo, desplaza un recuerdo, mezcla lenguas, niega una filiación, transforma un objeto doméstico o interrumpe la sintaxis con que un lugar debería poder describirse. El interés está en el trabajo que esas marcas realizan: qué permiten todavía reconocer como propio, qué vuelven extraño y qué apoyos producen cuando una coordenada anterior deja de bastar.
Des/relocalización ofrece un primer modo de seguir ese movimiento sin presuponer que toda salida sea exilio ni que toda llegada produzca integración. Martínez Gutiérrez (2024, p. 218) utiliza expresamente la fórmula “des/relocalización” para reunir desplazamiento, exilio y migración. La autora recuerda que relocalización procede del vocabulario económico del traslado internacional de personas o empresas hacia otra estructura productiva. Ese origen le permite subrayar la reificación de los cuerpos y el entrelazamiento de dimensiones culturales y económicas en la experiencia migrante. El uso de la barra en este artículo es más acotado y debe distinguirse de esa formulación de partida. Des- atiende a la pérdida o desarticulación de coordenadas de reconocimiento; relocalización, a los apoyos que se producen mientras esa fractura continúa operando. No son dos etapas obligatorias. Un poema puede conservar el origen mientras modifica su función, o habitar un lugar nuevo sin convertirlo en sustituto del anterior.
Esa cautela se vuelve indispensable al pasar de la movilidad individual a la diáspora. Brubaker (2005, p. 5) identifica tres elementos que reaparecen en buena parte de sus definiciones: dispersión espacial, orientación hacia una tierra de origen y mantenimiento de fronteras identitarias. Su argumento desemboca, sin embargo, en una advertencia contra la sustancialización: propone estudiar la diáspora como idioma, postura, proyecto o práctica, antes que dar por existente una comunidad delimitada (Brubaker, 2005, pp. 12–13). Sökefeld (2006, p. 265) lleva el problema a la formación misma de esos colectivos: una diáspora no sería consecuencia “natural” de la migración, pues requiere procesos específicos de movilización. Merenson (2015, p. 213), desde otro corpus, permite observar cómo esas formaciones se producen mediante prácticas, discursos de pertenencia transnacional, mediaciones e interlocuciones. En su formulación, los procesos de diasporización suponen lenguajes capaces de producir y reproducir un grupo que se percibe como comunidad. Por eso, publicar fuera de Cuba o residir en otro país no convierte por sí solo un poema en diaspórico. Hacen falta relaciones, mediaciones o posicionamientos que el análisis pueda documentar.
Migranxilio plantea una exigencia diferente. García Méndez (2010, p. 70) lo formula para posiciones que combinan emigración y exilio —“mitad emigrantes y mitad exiliados”— en un contexto cubano donde ambas denominaciones resultan insuficientes para ciertas trayectorias. El término será útil únicamente cuando movilidad, agencia y presión exiliar puedan sostenerse conjuntamente; extenderlo a cualquier desplazamiento borraría la diferencia que pretende nombrar. Insilio se reserva, a su vez, para otra escala: la extranjería experimentada dentro del territorio propio cuando el espacio cotidiano continúa habitándose pero pierde capacidad de reconocimiento. En este artículo funciona como categoría operativa para leer a Oscar Cruz frente a los desplazamientos exteriores, no como equivalente interior de la diáspora. La proximidad entre ambas experiencias reside en el extrañamiento; sus condiciones históricas y espaciales no son intercambiables.
Con estas distinciones a la vista, el nombre Generación Cero adquiere un sentido menos taxonómico. Simal y Dorta (2017, p. 2) sitúan la circulación de “Generación Año Cero” alrededor de 2006 y explican que inicialmente respondió a un criterio pragmático: reunir escritores que comenzaban a publicar en los años dos mil y habían nacido, en su mayoría, entre finales de los setenta y comienzos de los ochenta. En la página siguiente introducen una tensión más fértil para este trabajo. El uso de “generación” tuvo algo de provocación porque aquellos autores no constituían un grupo con manifiesto; al mismo tiempo, compartían sociabilidades y desplegaban prácticas de autovisibilización en blogs, revistas y otros espacios digitales (Simal & Dorta, 2017, p. 3). Esas prácticas contribuyeron a producir discursivamente la propia Generación Cero. El rótulo, por tanto, no describe una esencia estética descubierta después por la crítica. Forma parte también de las mediaciones mediante las cuales una zona del campo literario se hizo reconocible.
La delimitación histórica utilizada en este artículo procede de investigaciones anteriores que buscaron una base distinta de la homogeneidad estética. Sánchez Fernández (2020, pp. 182–183) relacionó a los escritores que comenzaron a expresarse públicamente en los años dos mil con la socialización durante los cambios económicos y sociales de los noventa. La formulación posterior define la Generación Cero como una situación generacional de autores nacidos aproximadamente entre 1976 y 1986, socializados durante el Período Especial y con expresión pública desde los años dos mil (Sánchez Fernández, 2025, p. 333). Esa coincidencia histórica no prescribe una sintaxis ni un repertorio. El análisis de 2021 había localizado, en una muestra poética, crisis de sentido y respuestas diferenciadas frente a la esfera sociopolítica (Sánchez Fernández, 2021, p. 177). El trabajo de 2025 amplía la observación hacia posturas frente a lo sexual, lo social, lo sociopolítico y lo sagrado (Sánchez Fernández, 2025, p. 335). Lo generacional se entiende así como una condición de relación entre experiencia histórica, posición en el campo y modos de construir referentes, no como una lista de rasgos formales obligatorios.
El archivo crítico reciente confirma la dificultad de estabilizar el conjunto. Pérez (2021) reúne acercamientos a la poesía de los Años Cero que muestran la pluralidad de procedimientos y problemas, mientras Viera (2022) observa, desde la narrativa, un diálogo sostenido de la crítica entre literatura y realidad política, económica y cultural. En el estudio actual de las escrituras migrantes latinoamericanas, Gras Miravet et al. (2025) proponen cartografías atentas a extranjería, género y estéticas o poéticas del desplazamiento. Beltrán Fortuño (2025) complejiza específicamente la diáspora cubana al articular retorno, genealogías y redes culturales. Fuentes Aja (2025) permite pensar una extranjería que puede preceder a la migración; Hellín Nistal (2025) insiste en las contradicciones sociales que el desplazamiento no resuelve; Romero Morales (2025) examina pertenencias y lenguajes intermedios; y Vanden Berghe (2025) muestra la fragilidad de los vínculos y de los espacios transitados. Estos antecedentes no se trasladan como plantilla al corpus. Delimitan, en cambio, una pregunta comparativa: cuándo pertenencia, movilidad, extranjería o cubanía se vuelven operaciones textuales y no simples atributos biográficos.
La visibilidad de la Generación Cero tampoco puede separarse de las revistas, antologías y plataformas que produjeron lugares de circulación. Silva (2023, p. 33) estudia Cacharro(s) como publicación digital de vocación vanguardista y condición de samizdat. Al reconstruir su lugar entre las revistas independientes de comienzos de siglo, muestra que Internet modificó las condiciones de expresión y colaboración y abrió nuevos canales de diálogo y archivo para la cultura de la diáspora. Simal y Dorta (2017, p. 3) habían señalado ya que blogs, ezines, revistas autogestionadas, entrevistas, prólogos y antologías participaron en la producción discursiva de la etiqueta generacional. La generación se vuelve visible, entonces, no solo porque existan obras con ciertas proximidades, sino porque agentes y dispositivos seleccionan, agrupan, traducen y hacen circular esas obras.
Teoría y archivo crítico convergen en un punto que orienta las lecturas siguientes. Ni Generación Cero ni diáspora funcionan aquí como identidades que puedan asignarse antes de abrir los libros. Des/relocalización seguirá pérdidas y nuevos apoyos; diasporización permitirá preguntar por redes y mediaciones cuando existan; migranxilio quedará restringido a los casos donde la presión exiliar pueda documentarse; el insilio servirá para examinar una extranjería sin salida del territorio. “Pertenencia provisional” no añade una casilla a esa serie. Nombra el problema común que el corpus deberá comprobar: cómo una voz continúa relacionándose con una ciudad, una lengua, una memoria, un origen o una tradición cuando aquello que todavía la sostiene ya no alcanza para cerrar esa relación.
El problema puede formularse, por tanto, como una diferencia de escala entre condición biográfica y operación textual. El objetivo del artículo es analizar qué operaciones poéticas convierten el desplazamiento, la circulación transnacional y la extranjería interior en formas inestables de pertenencia en una muestra de nueve poetas de la Generación Cero cubana, y evaluar el rendimiento explicativo de des/relocalización, diasporización, migranxilio e insilio frente a los textos.
Materiales y métodos
Se adoptó una lectura cercana, cualitativa y comparativa. Se mantuvieron en planos distintos el desplazamiento biográfico y la operación poética, porque una residencia fuera de Cuba no decide de antemano lo que hace un poema. La lectura comenzó en el fragmento —un verso, una serie breve o una secuencia estrófica— cuando allí se concentró una operación demostrable. El poema completo y, cuando fue necesario, el libro funcionaron como contexto de control para comprobar tono, estructura, continuidad o recurrencia. Se atendió a topónimos que cambian de función, negaciones que reorganizan la voz, mezclas de lenguas, objetos que concentran memoria, desplazamientos de imágenes del origen, cortes sintácticos, ritmo, disposición temporal, cambios de registro, posición de los pronombres y relaciones entre versos. Una trayectoria orientó la pregunta cuando fue pertinente, pero no decidió la lectura. Residencia, circulación editorial o condición histórica se documentaron fuera del poema cuando la afirmación lo requirió; esa información no sustituyó la prueba textual.
La muestra se recortó de una base doctoral de trece autores. Se seleccionaron Ketty Blanco Zaldívar, Oscar Cruz, Laura Domingo Agüero, Sergio García Zamora, Adianys González Herrera, Lizabel Mónica, Reiniel Pérez Ventura, Elizabeth Reinosa Aliaga y Legna Rodríguez Iglesias. Se priorizaron libros publicados y directamente consultados, referencias editoriales verificables, productividad para el problema de la pertenencia y diversidad de situaciones de desplazamiento o permanencia. Pablo de Cuba Soria, Joel Herrera Acosta, Antonio Herrada y Javier L. Mora permanecieron en la base doctoral, aunque no intervinieron en esta muestra intensiva. El recorte permitió comparar posiciones territoriales y procedimientos poéticos sin presentar nueve casos como panorama exhaustivo de la Generación Cero.
Nueve libros sostuvieron la comparación. Se estudiaron Quién anda ahí, de Blanco Zaldívar; La Maestranza, de Cruz; Memoria, de Domingo Agüero; El frío de vivir, de García Zamora; y Memorias de la bestia, de González Herrera. La muestra incluyó además Hay palabras vulva, de Mónica; Elegías del inocente y el maldito, de Pérez Ventura; Raíz del nido, de Reinosa Aliaga; y Miami Century Fox, de Rodríguez Iglesias. Sus fechas de publicación se distribuyen entre 2013 y 2025. La sincronía no designó simultaneidad editorial estricta: los libros se leyeron como respuestas coexistentes dentro de una misma formación literaria, sin ordenarlos como etapas de progreso ni convertir las mudanzas de residencia en una secuencia evolutiva.
Las agrupaciones analíticas se formaron después de observar recurrencias, no antes. Un mismo fragmento podía reunir memoria, desplazamiento, ironía, mezcla lingüística o extrañamiento; para compararlo se jerarquizó la operación que organiza con mayor fuerza la escena y se conservaron las demás como tensiones secundarias cuando introducen una diferencia real. Des/relocalización, diasporización, insilio y migranxilio entraron solo después de esa comprobación. Ninguna funcionó como diagnóstico previo ni como casilla estable para un autor. Por eso las fronteras entre las secciones permanecen abiertas: una escena de extrañamiento puede tocar la memoria o la lengua, y un poema sobre el origen incorporar desplazamiento, ironía o pérdida sin quedar absorbido por una sola relación.
Comparar tampoco exige borrar diferencias de escala. Desplazamiento exterior, circulación transnacional y extranjería dentro de Cuba se pusieron en relación porque podían alterar la pertenencia, no porque sean condiciones equivalentes. Una referencia a Miami, Madrid o Santiago de Cuba puede ser una marca espacial decisiva y, aun así, no basta por sí sola para establecer diáspora, migranxilio o insilio. El contraste con Oscar Cruz conserva precisamente esa distancia: permite examinar el insilio sin transformar la permanencia territorial en una variante automática de la diáspora. Cuando el argumento rebasa la materialidad del pasaje, el dato biográfico o editorial se verificó mediante documentación externa, paratextos o estudios críticos; esa información no sustituyó la prueba textual.
El recorte dejó zonas fuera. Nueve autores no representan estadísticamente la totalidad de la Generación Cero ni agotan diferencias de género, raza, clase, región, público o trayectoria editorial. Raíz del nido, dirigido también a lectores infantiles, se mantuvo porque trabaja de manera explícita la memoria migratoria y la transmisión intergeneracional; esa modalidad no se extrapola al resto del corpus. Tampoco el intervalo 2013-2025 borra transformaciones internas en las obras o en las condiciones de residencia. La comparación se sostuvo en una escala más acotada: observar qué formas de pertenencia aparecen en este conjunto de libros y hasta dónde las categorías movilizadas conservan capacidad explicativa cuando deben responder ante los poemas.
Resultados
Extrañamiento: cuando el lugar deja de reconocer
En Memoria la llegada no funciona como término del desplazamiento. La voz debe afirmar que ha llegado y, dentro de la misma frase, separar presencia de pertenencia: “Tengo que decir que he llegado aunque este no sea mi lugar” (Domingo Agüero, 2021, p. 9). “Tengo que” obliga a enunciar la llegada, “he llegado” parece fijar un término y “aunque” vuelve a abrir la distancia. El cuerpo ocupa un sitio que la voz todavía no consigue reconocer como propio. El lugar existe, pero estar en él no basta para hacerlo habitable.
En Quién anda ahí, el reconocimiento se desajusta en otra zona. En el poema homónimo, alguien “parecida” a la voz permanece en una celda oscura; después, la voz parece salir de otra boca, hasta que la pregunta final nombra a “aquella desconocida que la suplanta” (Blanco Zaldívar, 2019, p. 19). Casa, cuarto, muro, ventana y puerta conservan la forma de una arquitectura íntima, aunque ya no aseguran interioridad. El parecido tampoco repara la distancia: la figura que suplanta está lo bastante cerca para ser reconocida y, precisamente por eso, vuelve incierto quién habla, quién escucha y desde qué boca llega la voz. Frente a la llegada declarada por Domingo Agüero, aquí la extranjería alcanza el punto mismo desde el cual podría afirmarse un yo.
La ciudad de Oscar Cruz desplaza otra vez la escala. En La Maestranza, “Iré a Santiago (Apuntes para una entrada triunfal)” organiza “Lo que usted verá” como si una guía pudiera anticipar Santiago de Cuba. Numeración y tono descriptivo prometen precisión, pero las definiciones se interrumpen: “gran elevación natural del”, “un póster o cartel con la imagen actual del”, “un pueblo de” (Cruz, 2013, p. 97). Las calles, angostas, inclinadas y llenas de vueltas, terminan definidas “como forma de” (Cruz, 2013, p. 97); más adelante, el catálogo de oficios, números, artistas, calores y temblores desemboca en “y una Cultura, / eso sí, / de” (Cruz, 2013, p. 98). El molde explicativo permanece mientras desaparece aquello que debería completarlo. No falta la ciudad ni faltan sus signos; falla la posibilidad de reunirlos en una descripción que alcance cierre.
La memoria de Domingo Agüero tampoco recompone por su cuenta lo que la llegada deja abierto. Ha “seleccionado su modo de sobrevivir” entre el “óxido” y el “éxodo” (Domingo Agüero, 2021, p. 9): conservar supone atravesar desgaste y movimiento. Barrotes, ventanas y restos materiales obligan al pasado a reaparecer bajo torsión, y el “acá” y el “allá” que luego dividen a los interlocutores (Domingo Agüero, 2021, p. 11) no consiguen separar dos mundos autosuficientes. Cada deíctico lleva consigo la presión del otro. La distancia, más que fijar una frontera, mantiene una relación que ninguno de los dos lados puede clausurar.
“¿Qué se hace cuando te has vuelto / un emigrante de ti mismo?” (Domingo Agüero, 2021, p. 35) formula el desajuste allí donde ya no bastaría distribuir la experiencia entre territorios. La pregunta alcanza la propia representación y vuelve incierta incluso la idea de retorno: no hay un punto transparente al cual regresar cuando la distancia atraviesa a quien pregunta. La serie de “No quiero” de la página 18 —serenidad, misericordia, pobreza, violines, instantáneas— había retirado, además, imágenes disponibles para narrar la pérdida. Rechazarlas no elimina la pertenencia; conserva una capacidad de selección frente a repertorios de consuelo que ya no organizan la experiencia.
En Blanco Zaldívar, el desorden alcanza también aquello que podría haber funcionado como reserva. “Su cabeza es una biblioteca donde se han desplomado todos los estantes” (Blanco Zaldívar, 2019, p. 40): los contenidos permanecen, pero se pierde la disposición que permitiría encontrarlos. El poema pasa entonces al cactus, las espinas, la carne de lagarto, el desierto, la sangre y el polvo sin reconstruir una continuidad narrativa que reúna esos materiales. La biblioteca arruinada prolonga, en otro registro, la casa-celda del poema homónimo. Quedan signos, recuerdos, cuerpos y superficies; lo que no vuelve es el sistema capaz de devolverlos a una totalidad habitable.
Cruz no necesita abandonar Santiago para producir una fractura comparable. “Santiago de Cuba / erótica ayer / errática hoy / calórica siempre” (Cruz, 2013, p. 23) conserva el nombre de la ciudad y altera el relato que debería estabilizarlo. “Erótica”, “errática” y “calórica” se aproximan por el sonido, pero desajustan cualquier progresión heroica entre pasado y presente; la ironía trabaja sobre las palabras con que la historia local intenta conservarse sin borrarlas. Ese presente “errático” deja entrar usos, economías y agentes que disputan la autoridad de una imagen heredada. Por eso el insilio se vuelve legible en la proximidad conflictiva: habitar dentro del territorio nacional no garantiza una gramática compartida capaz de volver propio el espacio.
Domingo Agüero conserva una voz que todavía puede decir la llegada y medir la presión entre “acá” y “allá”, aun cuando termine figurándose como emigrante de sí. Blanco Zaldívar lleva la dificultad a una zona previa a esa medición: la voz aparece duplicada, desplazada hacia otra boca y rodeada de interiores que no ofrecen refugio. Cruz obliga a mover de nuevo el problema, porque la ciudad natal puede dejar de reconocer a quien la habita cuando sus fórmulas públicas permanecen disponibles, pero ya no consiguen ordenar la experiencia cotidiana. El traslado exterior explica solo una parte de este extrañamiento. También la memoria, la enunciación y el relato urbano pueden perder capacidad de orientación sin desaparecer.
De ahí que el extrañamiento no funcione como una etapa que el desplazamiento deba superar. Puede coexistir con la llegada, alcanzar la propia voz o instalarse en la sintaxis con que una ciudad intenta describirse. Persisten apoyos —una memoria, una casa, un nombre, una frase de llegada— y justamente esa persistencia hace visible la fricción: todavía sirven para orientarse, pero ya no alcanzan a cerrar la relación con el lugar. Cuando ocurre eso, la pregunta por la pertenencia empieza a desplazarse hacia las mediaciones que permiten sostenerla de manera parcial: expedientes, mapas, lenguas, objetos y cuerpos en tránsito.
Tránsitos: entre expediente, mapa y materia
Antes de que el cuerpo se desplace, Miami Century Fox hace pasar la pertenencia por una pregunta que mezcla genealogía y clasificación. “¿Un alien posee un ancestro?” (Rodríguez Iglesias, 2017, p. 38), pregunta “MS Trolley recuerda países”. “Alien”, “no-alien”, “ancestro” y “no-ancestro” forman allí un sistema inestable para decidir quién pertenece y por qué vía podría demostrarlo. La misma página reproduce el dictamen de un caso aprobado que continúa, pese a ello, pendiente y delicado (Rodríguez Iglesias, 2017, p. 38). La aceptación no cancela la espera: queda expuesta a revisión y vuelve administrable una relación que la filiación, el nombre de procedencia o el simple hecho de haber llegado no resuelven.
En ese marco aparecen Mozambique, París, Tokio y Belgrado. El poema aclara, sin embargo, que han sido recorridos “en mapa y en sueños” (Rodríguez Iglesias, 2017, p. 38). Los nombres circulan antes que el cuerpo: la cartografía ordena territorios visibles sin convertirlos en experiencia situada. El expediente y el mapa comparten entonces una forma de legibilidad exterior —uno clasifica a quien solicita permanecer; el otro dispone lugares que pueden reconocerse sin haberlos recorrido—, y ni siquiera el cuerpo ofrece una traducción transparente. Una mirada puede significar sí cuando quiere decir no; “alien” y “extranjera” quedan sometidos a interpretaciones capaces de fallar en el gesto que parecía más inmediato.
Hay palabras vulva desplaza esa lógica hacia la materia. Una aguja “adquiere la relevancia de su paso por los agujeros” hasta quedar definida por ellos (Mónica, 2022, p. 11); poco después, el recorrido puede describir direcciones “o no” (Mónica, 2022, p. 12). El movimiento existe, pero su sentido no depende de una línea que una una partida con una llegada. Agujero, nudo o huella registran que algo ha pasado y, al mismo tiempo, impiden reconstruir una trayectoria panorámica semejante a la del mapa. Lo que en Rodríguez Iglesias podía ser visto desde fuera, aquí solo se conoce por la marca que deja el contacto.
Cuando Rodríguez Iglesias vuelve a un desplazamiento efectivo, esa distancia entre mapa y experiencia se hace corporal: “De Miami a Providence. Me voy / a la tumba de un viejo amigo mío” (Rodríguez Iglesias, 2017, p. 36). Providence deja de ser un punto disponible para la imaginación y se vuelve frío en pezones, encías, dientes y extremidades. El cuerpo mide el trayecto por dolor y contacto, pero la llegada no produce apropiación: al final espera una tumba. La ciudad recorrida queda ligada al duelo, no a una confirmación de pertenencia.
La página bilingüe de Miami Century Fox introduce otra fricción. Español e inglés se acompañan sin fundirse mientras “daddy”, “alien” o “delivery” entran en sonetos que conservan la matriz rítmica del castellano. La doble superficie no elimina diferencias de sonido, registro o acceso; obliga a habitar una coexistencia en la que algunas zonas pueden traducirse y otras mantienen resistencia. Si el expediente había administrado la pertenencia y el mapa la había ofrecido como posibilidad, la lengua muestra que circular entre códigos tampoco equivale a quedar instalado en uno de ellos.
En Mónica, una vía parcial vuelve todavía más difícil ordenar el tránsito. “Voy caminando por un trozo de vía, solo un trozo”, dice la voz, y añade que allí “no existe el frente ni la espalda” (Mónica, 2022, p. 37). El posesivo —“mi trozo”— permite apropiarse de ese segmento sin devolverle continuidad. Hay paso y hay estancia, pero no una dirección capaz de distinguir con seguridad avance y retroceso. Por eso una “estancia inmóvil pero ilocalizable” (Mónica, 2022, p. 13) no resuelve la paradoja: ofrece un lugar donde permanecer mientras retira la coordenada que permitiría fijarlo.
La lengua participa de esa materialidad. Hay palabras vulva mezcla español e inglés, instrucciones, documentos históricos, poesía visual y torsiones como “atraveparte”; el recorrido verbal se parece menos a una traducción entre dos códigos que a una superficie perforada. Aguja, hilo y nudo prolongan esa lógica. Finito, el hilo apenas sostiene la ausencia; la aguja une porque atraviesa, y cada costura conserva la memoria de la perforación que la hizo posible. Conectar fragmentos no recompone el tejido anterior: sostiene una relación precisamente allí donde el hueco sigue siendo visible.
Entre ambos libros, la relocalización cambia de régimen sin adquirir una imagen única. Rodríguez Iglesias hace pasar la movilidad por dispositivos que clasifican, orientan o traducen al sujeto y por un cuerpo que solo conoce ciertos lugares al atravesarlos; Mónica retira la perspectiva exterior y conserva paso, borde, agujero y fragmento como condiciones de una experiencia material. El dictamen, el topónimo, la nieve, la vía o la costura ofrecen apoyo, pero ninguno fija un centro definitivo. La pertenencia provisional se practica en esas mediaciones y conserva en ellas la huella de lo que no ha sido resuelto.
Esa persistencia modifica también la pregunta por el origen. Si permanecer puede depender de un expediente todavía revisable y unir exige perforar, la relación con un lugar no llega como propiedad ya asegurada. El problema cambia cuando esa misma inestabilidad alcanza aquello que debía funcionar como comienzo: tierra, nombre, casa o genealogía tendrán que ser producidos, sembrados o transmitidos para sostener algún vínculo.
Hacer origen: nombre, tierra y transmisión
Memorias de la bestia y Raíz del nido no tratan el origen como una reserva intacta a la que los poemas pudieran volver. En González Herrera, debe ser llamado: “Adamah, hueso de tierra, despiértate” (González Herrera, 2025, p. 19). El imperativo une tierra y hueso, pero también revela que esa figura necesita una voz que la ponga en movimiento. “Adamah” nombra mientras convoca. Reinosa Aliaga parte de otra situación —voces y nombres que ya vienen de otros cuerpos y lugares—, de modo que el contraste no opone raíz y desplazamiento, sino dos maneras de producir continuidad con aquello que precede.
En “Adamah”, esa voz cambia de escala: “Desde tu voz” habla “el lenguaje de todas las estrellas” y también el “lenguaje de hormigas sobre el hoyo” (González Herrera, 2025, pp. 19–20). Lo celeste convive con el suelo, la amplitud cósmica con un movimiento mínimo alrededor de una cavidad, sin que uno de esos niveles termine imponiéndose como centro. “Kéter” desplaza la dificultad hacia la materia. Una “huerta que se sumerge en el cristal” comparte el poema con “un océano de polvo agreste” (González Herrera, 2025, pp. 15–16). La huerta sugiere cuidado y arraigo mientras se hunde en una superficie que altera su condición; el océano, hecho de aquello que normalmente carece de fluidez, vuelve incompatible la materia consigo misma. La voz reúne escalas que la exceden y el lugar gana espesor en esa falta de acomodo.
Raíz del nido traslada el trabajo del origen hacia una memoria que llega desde otros cuerpos. “Todas las voces del mar: el canto de los abuelos” transportan tristezas y anhelos “para plantar / en nuestra tierra un hogar” (Reinosa Aliaga, 2022, p. 5). Plantar vuelve material la transmisión: tras atravesar el mar, esas voces no encuentran simplemente una casa que las espera, sino que participan en su producción. El hogar puede arraigar sin desprenderse de la memoria del trayecto que lo hizo posible.
El nombre permite medir con mayor precisión la distancia entre ambos libros. En “Elegía de la soledad”, González Herrera escribe: “No sé el nombre: lo llamo soledad” (González Herrera, 2025, p. 26). Los dos puntos mantienen juntas la ignorancia y la decisión de nombrar; “soledad” permite continuar hablando sin presentarse como término definitivo. Tierra, cuerpo y desamparo quedan así vinculados por una palabra que no consigue ocupar por completo aquello a lo que se dirige. En “El viaje de los nombres”, montañas, ríos, volcanes, ancestros y nombres propios “navegan”, “vuelan” y se encuentran por el Caribe en una “infinita suma / de holas y adioses” (Reinosa Aliaga, 2022, pp. 10–11). Andes, Colima, Sagua, Cauto e Indio dejan de funcionar como puntos inmóviles de un mapa político: ya nombrados, circulan, transportan memoria y entran en contacto con otras procedencias. González Herrera se demora en el acto que vuelve decible una relación incierta; Reinosa Aliaga pregunta qué ocurre cuando los signos de procedencia empiezan a viajar.
Cuando la transmisión toma forma doméstica, tampoco se cierra sobre sí misma. En “De lo que le escribió la Cartacuba”, la voz nace “en el centro del bosque”, sitúa su casa en una palma real y envía un mensaje mientras espera noticias (Reinosa Aliaga, 2022, p. 13). El arraigo ofrece un punto desde el cual escribir hacia afuera; la correspondencia mantiene ese sitio vinculado con una ausencia y con la expectativa de respuesta. “Raíz del nido” desplaza esa apertura hacia una imagen vegetal: el limonero desea ser nectarina o nogal, mientras los pájaros convierten su follaje en casa (Reinosa Aliaga, 2022, p. 22). La raíz permanece, pero no decide por completo lo que el árbol puede alojar o desear; el nido introduce una ocupación ajena que modifica su uso sin arrancarlo. Permanencia y transformación ocurren sobre el mismo soporte.
Volver desde esas escenas a la “tierra” de González Herrera modifica la comparación. Allí un nombre debía despertar un hueso de tierra y sostener materiales que se resistían a formar una superficie estable; en Reinosa Aliaga, las voces plantan, los topónimos viajan y un árbol arraigado hospeda movimientos que no proceden de él. Ninguno de los dos libros trata el origen como una reserva a la que bastaría regresar. Su continuidad depende de operaciones que lo exponen a la voz, al viaje, al deseo y a la presencia de otros.
Las diferencias, con todo, no son menores. Memorias de la bestia concentra el problema en una enunciación que busca palabras para una materia cuya consistencia no está garantizada; Raíz del nido distribuye esa búsqueda entre generaciones, mares, árboles, nombres y mensajes. Reinosa Aliaga concede mayor espesor a la transmisión colectiva, mientras González Herrera mantiene la tensión en el acto de nombrar y en las materias que ese nombre intenta reunir. Reducir ambos recorridos a una misma idea de retorno borraría justamente lo que la comparación permite ver: una escritura prueba la insuficiencia del nombre; la otra ensaya la transmisión sin inmovilizar lo heredado.
Lo que los tránsitos habían vuelto inestable —la relación con un lugar— alcanza aquí el punto que parecía anterior a todo movimiento. El origen también debe hacerse: puede depender de una palabra provisional, una voz heredada, una siembra, una correspondencia o un nombre que cambia de lugar. Esos soportes no restituyen una patria intacta ni dejan al sujeto frente a un vacío absoluto; permiten construir continuidad mientras admiten desplazamientos, préstamos y transformaciones. La dificultad siguiente comienza cuando esa transmisión encuentra códigos ya heredados —genealogías, relatos religiosos, canon, elegía— que todavía circulan, aunque ya no puedan recibirse sin fricción.
Herencias bajo presión
Una herencia puede hacerse visible por lo que falta o por la autoridad con que todavía se presenta. En “Santo y seña”, García Zamora escribe: “Murió mi abuelo sin que yo preguntara / por el padre de su padre” (García Zamora, 2017, p. 12). La genealogía aparece cuando la pregunta ya no puede formularse: no hay nombres sustitutos ni una memoria reparadora que cierre la interrupción. Pérez Ventura parte de la condición inversa en “Salutación por Whitman”, donde “Todas las generaciones futuras” llegan al poeta “recién nacidas” para ser bautizadas con el mundo (Pérez Ventura, 2025, p. 27). Aquí la filiación conserva una figura capaz de nombrar y entregar mundo a quienes vienen después.
Ninguna de las dos escenas permite, sin embargo, una continuidad transparente. En García Zamora queda la tardanza de haber descubierto demasiado tarde qué debía preguntarse; el origen familiar se vuelve legible desde una información que ya no puede recuperarse. En la salutación de Pérez Ventura, la promesa expansiva de la yerba termina rozando un “hollín lleno de ojos”. La transmisión no se corta, pero llega contaminada por un residuo que impide idealizarla. Entre una respuesta imposible y una filiación todavía activa, el problema no es decidir si existe herencia, sino qué clase de apoyo puede ofrecer después de la fractura.
Cuando el legado llega saturado de código, la presión adopta otra forma. “Saco de boxeo” introduce la lucha de Jacob con el ángel en un objeto de entrenamiento y permite que golpearlo equivalga a golpear al Papa y a sus cardenales, hasta producir “dolientes cardenales” y “puré de papa” (García Zamora, 2017, p. 14). La homofonía hace descender la jerarquía hacia el cuerpo lesionado y la materia triturable: “cardenales” conserva al dignatario mientras nombra la marca del golpe; “Papa/papa” mantiene el título justo en el punto en que lo vuelve alimento. “Elegía para Adonais” trabaja con una autoridad distinta, la del género: “Nadie escribió tu elegía, ni siquiera tú mismo, / nadie pudo hacer semejante traición” (Pérez Ventura, 2025, p. 13). La forma elegíaca resulta necesaria para declarar que cumplirla sería traicionar la pérdida.
La diferencia entre ambos procedimientos impide reducirlos a una misma desacralización. García Zamora necesita que Jacob, el ángel, el Papa y los cardenales sigan siendo reconocibles para que la pelea, el choteo y el juego verbal alteren su distancia ceremonial. Pérez Ventura no abandona la elegía desde afuera; la hace fallar en el acto mismo de convocarla. Destinada a inscribir una ausencia, la convención conserva su nombre y su expectativa ritual, pero ya no puede cumplirlas sin producir una sustitución que el poema considera intolerable. Un código se vuelve habitable al perder jerarquía; el otro solo puede usarse si deja visible su insuficiencia.
“Tríptico del artificio” desplaza todavía más esa insuficiencia: “El silencio es la intemperie, / el silencio es el vientre de las cosas” (Pérez Ventura, 2025, p. 43). Ese silencio no repite el hueco genealógico de “Santo y seña”. Allí falta el interlocutor capaz de responder; aquí la ausencia de palabra expone y contiene al mismo tiempo. Intemperie y vientre permanecen simultáneos: el silencio puede dejar sin abrigo y funcionar como espacio de gestación para aquello que todavía no encuentra forma. El duelo no se resuelve ni mediante un mutismo absoluto ni mediante la promesa de que una palabra futura restituirá lo perdido.
Whitman, la elegía y el silencio tampoco forman etapas de una progresión. La figura canónica aún puede bautizar, aunque su promesa aparezca ensuciada; el género se vuelve sospechoso justo donde debería garantizar memoria; el silencio sostiene algo mientras lo deja expuesto. Pérez Ventura conserva esos repertorios en funciones diferentes, y por eso la tradición no desaparece cuando pierde seguridad. Puede seguir ofreciendo un nombre, una forma o un espacio de espera sin asegurar que alguno de ellos resulte plenamente habitable.
La cercanía con García Zamora aparece entonces en un punto preciso: recibir exige intervenir sobre lo recibido. “Santo y seña” conserva una transmisión familiar que ya no puede completarse; “Saco de boxeo” somete una autoridad religiosa a golpes y homofonías. Pérez Ventura trabaja con un canon, una elegía y un silencio que tampoco permanecen intactos después del duelo. Las diferencias son decisivas: a veces falta la respuesta, otras sobra el código y, en otros casos, la forma heredada se vuelve insuficiente mientras todavía resulta necesaria. La pertenencia se juega también en esa posibilidad de continuar con materiales que no pueden aceptarse como llegaron.
Genealogía, religión y tradición literaria añaden así una dificultad a los soportes examinados antes. Pertenecer no depende únicamente de territorio, lengua o nombre, sino de qué puede hacerse con repertorios que preceden a la voz y que siguen circulando bajo fricción. El conjunto no conduce a una forma única de pérdida: deja apoyos distintos para hablar, recordar, deformar o heredar sin restituir una totalidad previa. Desde ahí la comparación puede cambiar de escala y preguntar qué categorías resistieron el contacto con los nueve libros, cuáles tuvieron que restringirse y qué idea de pertenencia resulta de esa prueba.
Discusión
La comparación no devuelve al punto de partida una categoría intacta. Al cruzar los nueve libros, la pertenencia provisional deja de nombrar una simple falta de lugar y obliga a preguntar por la eficacia de apoyos que siguen disponibles sin poder cerrar la experiencia. Voz, casa, expediente, mapa, lengua traducida, nombre, raíz o tradición persisten; lo que ya no puede darse por supuesto es cuánto sostienen ni durante cuánto tiempo. Extrañamiento, tránsito, reescritura del origen y presión de los códigos se vuelven comparables porque someten esos apoyos a pruebas diferentes, no porque sean variantes de una misma escena. Este resultado coincide con la cautela de Brubaker (2005) y Sökefeld (2006): movilidad y diáspora no deben sustancializarse como identidades automáticas.
Moverse tampoco ofrece un criterio suficiente para ordenar los resultados. Domingo Agüero, Rodríguez Iglesias y Mónica atraviesan territorios, lenguas o dispositivos de circulación; Cruz vuelve extraña una ciudad habitada desde dentro. La distancia entre esos casos impide usar la diáspora como explicación general de cualquier fractura de pertenencia y obliga a separar condición territorial de operación textual. En esa dirección, Beltrán Fortuño (2025) muestra que la diáspora cubana exige atender a genealogías, retorno y redes, mientras Fuentes Aja (2025) permite reconocer una extranjería que puede comenzar antes del traslado físico. Permanecer no garantiza continuidad con el espacio nacional, del mismo modo que migrar no produce por sí mismo una identidad cosmopolita reconciliada. El problema de reconocimiento cambia de escala y, con él, cambian las herramientas capaces de describirlo.
Ese desplazamiento de escala redistribuye el peso de las categorías. Des/relocalización conserva rendimiento porque permite seguir, dentro de una misma relación, la pérdida de coordenadas y la producción incompleta de otros apoyos. El “acá” y el “allá” de Domingo Agüero, el expediente pendiente de Rodríguez Iglesias, el “trozo de vía” de Mónica o los nombres que viajan en Reinosa Aliaga no equivalen entre sí. Todos hacen visible, sin embargo, una localización que se rehace sin borrar la fricción que la desestabiliza. La comparación converge con Gras Miravet et al. (2025), Hellín Nistal (2025) y Romero Morales (2025) en un punto: las poéticas migrantes obligan a leer extranjería, conflicto y lengua como operaciones no necesariamente reconciliadas. Vanden Berghe (2025) añade otra precisión útil al mostrar que los espacios transitados y los vínculos afectivos pueden permanecer frágiles incluso después de la llegada. Migranxilio exige una restricción mayor. El corpus ofrece movilidad, presión, pérdida, espera administrativa, distancia respecto del origen y formas diversas de extranjería, pero no autoriza en todos los casos la triangulación entre emigración y presión exiliar que permitiría generalizar la noción. Su límite forma parte del resultado comparativo.
También el origen cambia de estatuto cuando se observan juntos los libros. Tierra, casa, genealogía, lengua o tradición dejan de funcionar como sustancias previas que el poema recibiría intactas: a veces deben nombrarse, atravesarse, traducirse, sembrarse, deformarse o discutirse. González Herrera convoca mediante el nombre una tierra cuya consistencia no está garantizada; Reinosa Aliaga hace del hogar una producción atravesada por voces y nombres en circulación; García Zamora y Pérez Ventura muestran que una herencia puede persistir cuando ya no se acepta sin fricción. El soporte importa menos como posesión que por el trabajo que exige para seguir siendo utilizable.
Las cuatro constelaciones no pueden entenderse, por ello, como casillas equivalentes ni como una taxonomía definitiva del corpus. Sirven para localizar una operación dominante y organizar la comparación, pero sus fronteras permanecen abiertas porque una misma escena puede comprometer reconocimiento, orientación, memoria o transmisión a la vez. La comparación modifica, en último término, la jerarquía del aparato analítico: una categoría gana valor cuando explica una diferencia concreta y lo pierde cuando pretende absorberla. La provisionalidad queda como problema transversal, mientras cada noción conserva solo el alcance que los poemas permiten demostrar. El resultado dialoga también con Viera (2022): si la crítica de la Generación Cero se ha construido en relación con las condiciones políticas, económicas y culturales, el análisis textual exige precisar la escala en que esa relación se vuelve demostrable dentro del poema.
Conclusiones
Los nueve libros permiten responder la pregunta inicial sin convertir la Generación Cero en una poética de la movilidad. La ciudad que deja de reconocer a Cruz, la espera administrativa de Rodríguez Iglesias, los trayectos parciales de Mónica, los nombres de Reinosa Aliaga y las herencias intervenidas de García Zamora y Pérez Ventura pertenecen a escenas distintas. Lo que las vuelve comparables no es una experiencia territorial común, sino el momento en que un soporte de pertenencia deja de bastar y el poema debe decidir qué hacer con él. Puede desplazarlo, traducirlo, sembrarlo, deformarlo o dejarlo incompleto. El vínculo persiste precisamente porque ya no descansa en una evidencia previa.
Esa constatación modifica el alcance del rótulo generacional. La coincidencia histórica que permite hablar de Generación Cero no se traduce en un repertorio estético común, y tampoco conviene reemplazar esa homogeneidad por otra fundada en migración o diáspora. El insilio de Oscar Cruz impide reservar la fractura para quienes salen de Cuba; las trayectorias exteriores, a su vez, muestran que circular no equivale a integrarse ni a romper de una vez con el origen. Las diferencias del corpus no son ruido alrededor de un patrón: son la condición que vuelve productiva la comparación.
Queda una consecuencia más específica para la lectura de estos poemas. La pertenencia provisional no designa una identidad intermedia ni una etapa anterior a una futura estabilización. Nombra el trabajo de sostener relaciones cuyo fundamento ya no puede darse por seguro. El poema no funciona aquí como registro de una pérdida ya consumada ni como prueba de una nueva localización concluida: es el lugar donde ciudad, lengua, nombre, memoria o tradición son puestos a prueba y adquieren, si acaso, una eficacia parcial. Habitar significa entonces seguir construyendo relación con aquello que no termina de cerrarse, sin convertir esa apertura en reconciliación ni en ausencia absoluta de vínculo. La principal limitación reside en la escala del recorte: nueve libros no representan estadísticamente la totalidad de la Generación Cero ni permiten generalizar las categorías a toda su producción. El resultado debe leerse como una prueba comparativa de rendimiento conceptual sobre una muestra intensiva y verificable.
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